miércoles 25 de mayo de 2011

Ya es toda una señorita.


Uno empieza a sentirse viejo cuando ve como los niños que conoció hace unos años, apenas balbuceando una que otra palabra, llegan a la adolescencia, y empiezan a vivir como adultos, completamente estúpidos, llenos de hormonas, deseosos de alcohol y necesitados de atención social.

Luego de unos años, ya no están tan llenos de hormonas...

Todos hemos pasado por esa etapa, en la cual nos estrellamos con una especie de iniciación social, llena de celebraciones en las casas de amigas y conocidas, que corren por cuenta de padres alcahuetas pero celosos. Si, hablo las fiestas de quince años.

Aunque cada fiesta de quince años sea única e irrepetible, todas ellas tienen elementos comunes que las convierten en todo un espectáculo de la cursilería, y a la vez, de la sordidez adolescente.

Al llegar al lugar, con lo primero que se encuentra uno es con una bofetada visual, causada por el abuso infame de colores pastel: Globos rosados y serpentinas por doquier, cojines azul pastel, vestidos rimbombantes comprados en el Only, en fin, toda una invocación ocultista al espíritu chocarrero de la cenicienta.

Una vez los invitados han tomado lugar en la tan espantosamente “enchulada” casa, los anfitriones llaman la atención de la concurrencia y comienzan con sus rituales: El discurso del papá, las lágrimas de la mamá, la novia loba del hermano mayor, etc. En algún punto terminan fusilando algún vals famoso, para bailar con la quinceañera, mientras la felicitan, la abrazan, le echan los perros, o disimuladamente le cogen el trasero.

Cabe anotar que Richard Strauss se retuerce en el infierno cada vez que una señora baila El Danubio Azul con el novio de su hija.

Así es como, luego de bailar el Danubio Azul, uno termina bailando canciones de Azul Azul, junto con toda la salsa y el merengue de balneario habido y por haber (Que al parecer no son más de diez canciones desde hace como veinte años).

En algún punto de la fiesta (Generalmente entre el momento en el que reparten la lechona y el momento en el que apagan las luces), aflora la rebeldía juvenil, y alguien decide poner “Me Vale” de Maná. Todos los muchachos, alguna que otra ruda y el típico tío boletoso, se meten al pogo.

Digo yo, hay que ser muy palurdo o estar muy borracho para ponerse a poguear una canción de maná. Y todos los que lo hemos hecho merecemos que Syd Vicious nos jale las patas la noche siguiente. Es decir, ellos son los que cantan “Mariposa traicionera Vuela amor, vuela dolor”. La rebeldía de ellos se limita a dejarse el pelo largo (el de las axilas) y cantar desafinados en los conciertos.

Esto no acaba aquí, la cosa se pone peor. Espere la continuación de este artículo en una próxima oportunidad. Sobra decir que estamos abiertos a recibir ideas suyas, experiencias, peripecias y anécdotas de supervivencia de este tipo de celebraciones.

1 comentarios:

Lina Betancourt dijo...

hahaha excelente, el teatro lleno de aceptación de erecciones y primeros besos es absolutamente meritorio de indagación y burla,sobra decir que los muchachos no saben tomar y siempre uno que otro ( generalmente el colado) termina emborrachándose, rompiendo copas, desvirgando los labios de alguna de las 14añeras presentes y finiquitando su espectáculo con una vomitada épica.